He renunciado al cielo y a sus grandilocuentes atardeceres
Solo en la periferia de la muerte encontré a verdaderos ángeles
ángeles sin alas ni aureolas de oro
ángeles de ojos secos donde tiembla un desierto
pieles de ceniza y sonrisas quebradas:
curvas inapreciables donde nace el espejo
En sus estertores descifré los cantos más bellos
Lejos de los edulcorados éteres
de los aspirantes a la gloria divina
a la armonía de acordes mayores
En vosotros encontré un hermano
En vuestra miseria sincera que arrolla trenes
En la pétrea corteza que esconde vuestro infinito
En el espíritu que no sustenta el cuerpo
deslizo un amor insondable
terrorífico como el abismo que nos separa
Me atomizo en tierra
me hago arena
Este dolor que canta mientras grita
se hace crujir del viento
No pude elegir
pero ahora elijo lo que me fue impuesto
La herida del hemofílico
la sangre que se derrama como atardeces líquidos
la aridez metálica del Sol Negro
Me sumerjo en la sordidez
como en su oxígeno el suicida conformista
como el cobarde a su rutina inapelable
como el hombre a su animalidad
como el mundo a su ciclo
Hablo en nombre del humillado, del sacudido
de los agonizantes que respiran hierro
de los predicadores de lenguas extirpadas
de los soñadores que prestaron sus ojos al horizonte
Inundado de infinito y de infierno
viviendo en las cornisas
acariciado de locura
Me he armado contra el vértigo que me apuntaba
He afilado mi coraje en el cañón de su fusil
Mordiéndolo
Me deslizo en las cadenas de la miseria y juego
Me acuna el absurdo y bailo al son de su nana.
domingo, 22 de marzo de 2015
domingo, 1 de febrero de 2015
Fuego fatuo
Era noche de bruma, sin viento.
Él estaba en la azotea,
un papel curtido con algo escrito
en una mano,
unas cerillas
en la otra.
Le prendió fuego al papel
y lo lanzó al vacío.
Cinco pisos,
se consumió antes de tocar el suelo.
Luego se lanzó él,
se estampó contra el suelo,
rebotó casi dos metros.
La gravedad no entiende de poesía.
viernes, 30 de enero de 2015
Estos idealistas...
Se montaba en los autobuses
con un libro de poesía en la mano
Cada vez que paraba el autobús
miraba de reojo
a ver
si una chica guapa se montaba
y quien sabe si quizás le miraba
y le preguntaba sobre el libro
y entablablan conversación
y él le pedía el número
y quedaban al día siguiente
en aquel bar bohemio de la esquina
y hablaban sobre literatura y arte
y sobre cine
y acababan yendo a su casa
y hacían el amor salvajemente
sintiendo una catarsis
de belleza y placer
Un día, efectivamente ocurrió
Una chica guapísima se sentó a su lado
y le preguntó sobre el libro
pero el muy capullo
no tuvo ni idea
de qué responder.
con un libro de poesía en la mano
Cada vez que paraba el autobús
miraba de reojo
a ver
si una chica guapa se montaba
y quien sabe si quizás le miraba
y le preguntaba sobre el libro
y entablablan conversación
y él le pedía el número
y quedaban al día siguiente
en aquel bar bohemio de la esquina
y hablaban sobre literatura y arte
y sobre cine
y acababan yendo a su casa
y hacían el amor salvajemente
sintiendo una catarsis
de belleza y placer
Un día, efectivamente ocurrió
Una chica guapísima se sentó a su lado
y le preguntó sobre el libro
pero el muy capullo
no tuvo ni idea
de qué responder.
Artista de la sed
Soy un artista de la sed y tú lo sabes.
Has podido verlo esas veces que me oíste gritar,
entrañas en las manos, dentelladas en los ojos,
en vanos intentos de aterciopelar el rostro de animales malheridos,
de hombres elefante maldecidos por la fatalidad de la miseria.
Pero eso, y tú también lo has visto,
no conseguía mas que ensordecer al sordo,
enmudecer al mudo
Bruma sobre bruma
Vacío sobre vacío
Pero dejaré los gritos, y tú
ya no recibirás mas abrazos de cristales rotos
(Tú, poeta con ojos de fuego y sangre)
No pretendas contornear lo insondable, marcar distancias a estos vértigos
Sigue abrevando con manchas de tinta corazones armados de fiebre
(con esas miradas de vino que derriten las ciudades)
Que yo mientras intentaré descifrar la música que la vida me esconde,
e intentaré hablar del cielo aunque mis palabras estén manchadas de tierra
No transformes este susurro en un grito, ni mis caricias en metal
Como un prisma, sigue reflejando en tu mirada el infinito
(con tu corazón en una mano y el mundo en la otra)
Yo solo soy un cristal con el que te cruzaste un día,
y en el que pudiste verte reflejada, sin cesar el paso
Unos ojos que te acompañaban solitarios hacia aquello que solo tú creías ver
Una rosa anónima que alguien dejó tras tu puerta, tras limar las espinas
Y todo esto que recolecto en forma de suspiros,
no son mas que fragmentos de tu propio aroma
porque nada creo con estas palabras,
solo soy un espejo curvado e imperfecto que te refleja
una caricia de bruma desde algún abismo insondable
una mano compañera, que nada se permite esperar.
Solo soy un simple artista de la sed,
y eso
ya lo sabes
Has podido verlo esas veces que me oíste gritar,
entrañas en las manos, dentelladas en los ojos,
en vanos intentos de aterciopelar el rostro de animales malheridos,
de hombres elefante maldecidos por la fatalidad de la miseria.
Pero eso, y tú también lo has visto,
no conseguía mas que ensordecer al sordo,
enmudecer al mudo
Bruma sobre bruma
Vacío sobre vacío
Pero dejaré los gritos, y tú
ya no recibirás mas abrazos de cristales rotos
(Tú, poeta con ojos de fuego y sangre)
No pretendas contornear lo insondable, marcar distancias a estos vértigos
Sigue abrevando con manchas de tinta corazones armados de fiebre
(con esas miradas de vino que derriten las ciudades)
Que yo mientras intentaré descifrar la música que la vida me esconde,
e intentaré hablar del cielo aunque mis palabras estén manchadas de tierra
No transformes este susurro en un grito, ni mis caricias en metal
Como un prisma, sigue reflejando en tu mirada el infinito
(con tu corazón en una mano y el mundo en la otra)
Yo solo soy un cristal con el que te cruzaste un día,
y en el que pudiste verte reflejada, sin cesar el paso
Unos ojos que te acompañaban solitarios hacia aquello que solo tú creías ver
Una rosa anónima que alguien dejó tras tu puerta, tras limar las espinas
Y todo esto que recolecto en forma de suspiros,
no son mas que fragmentos de tu propio aroma
porque nada creo con estas palabras,
solo soy un espejo curvado e imperfecto que te refleja
una caricia de bruma desde algún abismo insondable
una mano compañera, que nada se permite esperar.
Solo soy un simple artista de la sed,
y eso
ya lo sabes
martes, 23 de abril de 2013
Un día más, un ladrillo más (relato)
Despierto, en la vaporosa línea entre la somnolencia y la realidad, un momento de calma, apenas un instante, un suspiro, un leve momento de cándida inconsciencia, un segundo inmaculado y puro donde no existe el sufrimiento ni el dolor, solo la perspectiva inocente de un niño que despierta, un segundo que recoge lo mejor del trayecto de mi día. Tras él, el mundo cae sobre sí mismo, la gravedad se multiplica y como si tuviera un torniquete apretado con saña, mi corazón palpita con fuerza y dolor, y cada latido es como una punzada con una daga ardiente y otra y otra al ritmo en el que los recuerdos acceden a mi mente, y la nostalgia y la ausencia y el peso de todo hinche mi corazón de una sensación desamparada y loca. Me hundo en la almohada como si eso me fuera a servir para volver a escapar del mundo, intentando recuperar aquel efímero instante, intentar volver al mundo de los sueños donde me siento seguro y a salvo contemplando oníricas e idílicas visiones. Pero no es posible no, ya no puedo dormir más, mi día ha comenzado.
Remoloneo en la cama, sigo estando cansado, pero no puedo dormir, es otro tipo de cansancio, un cansancio interiorizado que camina conmigo a lo largo del día. No tengo obligaciones, hace tiempo que dejé de estudiar o de buscarme un trabajo. Como suele hacerse en sociedad, me suelen achacar todo esto a la pereza, a la holgazanería y demás adjetivos despectivos con los que la sociedad suele tildar a aquellos que se alejan de la tónica común de un ideal burgués. Yo lo achaco simplemente a mi propia debilidad y honda depresión por la que constantemente vivo. Por suerte o por desgracia, mi madre con la que vivo únicamente, no se preocupa por estos aspectos, por una parte no se preocupa de que estudie o no, pero en consecuencia de esto, tampoco se preocupa por nada relacionado con mi persona, simplemente coexistimos y yo me alimento con el dinero que ella me otorga (proveniente de la pensión de mi padre, pero poco importa eso) y con ello sobrevivo, que es al fin y al cabo lo que hago constantemente, sobrevivir al árido y hastiado camino en el que se limita mi vida actual, con sueños difusos y ciertos momentos puntuales de pureza espiritual que me llenan de gracia y amor, me llenan por completo de belleza y me otorgan esperanza, pero son difusos, tenues y muy localizados en el tedioso circuito por el que se suele regir mi vida.
Tras un buen rato echado en la cama, sin saber muy bien si levantarme o seguir acostado con la esperanza de que vuelva a concebir el sueño, con momentos de confusión en los que no estoy seguro cuando sueño que sueño o cuando estoy realmente despierto, me levanto finalmente. Con esa clásica desesperanza ya propia en mí de no saber donde poner mi próximo pie en el día. ¿Qué hacer? Horas y horas de un nuevo día hoy bien ilustrado por las nubes y la lluvia, y yo, yo simplemente no sé que hacer, así que simplemente empiezo por desayunar.. Voy a la cocina y me preparo unas tostadas, me siento en la pequeña mesita de la cocina y enfrente está sentada mi madre, desaliñada, lívida, silenciosa, casi ausente, parece no percatarse de mi presencia, parece recorrer los paisajes de algún sueño, una idea, un recuerdo, Una imagen ya clásica de las mañanas, ella intenta ocultarse tras una patética máscara de cortesía preguntando cosas al rato, cuando parece percatarse de que efectivamente estoy allí, junto a ella "¿qué te apetece comer hoy, hijo?" dice con un tono ridículamente fraternal y artificiosamente dulce. Silenciosa sufridora es mi madre, y me compadezco, pero no puedo ayudarla, al igual que ella no me puede ayudar a mí. Somos dos almas completamente distintas en universos demasiado alejados, ambas complejas a su manera pero imposibles de unir. Por ello nuestras conversaciones se limitan a absurdas trivialidades o banales comentarios meteorológicos o culinarios. Tras ello, mi madre vuelve al cuarto de baño donde materializa esa máscara de cortesía en forma de maquillaje y complementos bajo los cuales puede ocultar su rostro demacrado por el sufrimiento para luego salir a la calle y realizar su rutina de ama de casa lo cual más que sentirlo como una obligación, lo siente como un refugio por el cual matar las horas y ocupar su cuerpo y su mente en tareas triviales.
Tras oír el golpe de la puerta posterior al trémulo y casi agónico "Hasta luego hijo" de mi madre, el piso se sume en el silencio y bien es sabido por todos aquellos que experimentamos la soledad, que el silencio es el mayor de los ruidos y es aquí donde el ruido quería hacer su mayor presencia. Yo intentaba ocultarlo con música, pero hacía tiempo que la música no me llenaba, pasaba por mis oídos indolentes como si se tratara de un simple sonido sin dirección ni lugar predestinados sin causarme la más mínima sensación que alterara alguno de mis apáticos sentidos. Lo había intentado también refugiándome en la poesía o en los libros, y en ocasiones lo conseguía, las letras conseguían por un momento callar ese incesante ruido que me quebrantaba y lograba sumirme en una leve espiral de belleza lírica, ocasiones puntuales que precisamente por su existencia tan bella y mágica, hacían más frustrantes aquellos momentos en los que me situaba frente al libro pero mi alocada mente divagando por tantos lugares a la vez que ya no sabía exactamente donde localizarla, no era capaz de focalizarse en las palabras ni seguir el ritmo de una historia o de unos versos, y es ahí cuando la frustración hacía que lanzara los libros y me quedara simplemente tirado en el sofá, cama, sillón o donde fuera que estuviera tirado, respirando entrecortadamente, sintiendo una enorme impotencia y frustración y sintiéndome mucho más solo, y no simplemente solo, sino viviendo constantemente frente al peor enemigo que un hombre puede tener, él mismo, ya que nunca podría librarse de él excepto en la muerte, idea que constantemente pasaba por mi cabeza para dar final de una vez por todas a todo este patético devenir de emociones. La soledad pesa mucho más cuando no eres capaz de refugiarte en nada, ni en los libros, ni en la música, ni en el cine, ni mucho menos en ti mismo.
Así que ahí estaba yo un día de tantos sumido en el peor de los silencios y con horas y horas por delante de un nuevo día, cada día era un constante pensar en qué hacer, pero mi apatía no se mostraba muy interesada en ayudarme con esta labor. Algo tenía que hacer, desde luego, no podía condenarme a simplemente tirarme en el sillón y poner cualquier programa de telebasura de esos que mas que abundar, pueblan unánimamente la televisión, mientras miro el reloj y celebro cada minuto que pase en él, o hacerlo más apacible simplemente buscando una de tantas pastillas antidepresivas que tenía mi madre en uno de sus cajones para así aletargarme y quien sabe si con un poco de suerte podría llegar a dormirme, o al menos simplemente quedarme tirado en el sillón, mirando el vacío con una sonrisa de palurdo como una estúpida adolescente que observa el rostro de un chico prefabricado de cartón por la repugnante pompa hollywodiense. Bueno, desde luego era una posibilidad, pero eso no haría más que alimentar la apatía rodeándola constantemente de melancolía y en definitiva, ahondar más y más en esa espiral de depresión. Debía sacar fuerzas de donde fuera y hacer algo nuevo, así que en uno de los pocos actos impulsivos que había realizado en mucho tiempo, me vestí rápidamente, cogí el paraguas y salí a la calle a... no sé, simplemente salir, a cambiar un poco de aires.
Lo primero que pude notar al salir a la calle era el enorme frío que hacía, estaba bien abrigado con una camiseta interior, un chaleco de cuello vuelto, una sudadera y un anorak por encima aparte de guantes, una bufanda e incluso un gorrito con orejeras bastante hortera (en general mi apariencia era bastante hortera y ridícula, pero poco me importaba eso en estos momentos) pero aún así el frío me calaba en los huesos y me hacía tiritar, no era una sensación agradable desde luego, pero al menos era una sensación. Me limité a seguir andando con las manos en los bolsillos, tiritando y resoplando, andando hacia... no sabía muy bien adonde dirigirme. Mi barrio estaba un poco aislado de la zona céntrica de la ciudad donde había más vida, pero que sin embargo me ocasionaba una mayor ansiedad y agobio el sentirme tan alejado de casa y rodeado de desconocidos, así que simplemente fui a buscar alguno de los pocos sitios interesantes que se pudieran localizar por mi barrio, el primero que se me ocurrió era la biblioteca situada a un par de kilómetros de mi casa.
Emprendí la marcha un tanto desesperanzado por esa sensación interiorizada de no creer que fuera a encontrar nada meramente satisfactorio más allá de lo que pudiera tener en mi casa, tirado en la cama y aletargado como bajo los efectos de algún sedante, pero igualmente emprendí el camino.
Un teatro onírico e imaginario empezaba a recorrer como fantasmas procedentes del pasado ese camino a la biblioteca que yo había recorrido tantas veces y ya no solo eso, sino los lugares que existían en el camino donde había vivido yo tantos momentos en el pasado. Y mi cabeza los situaba allí, delante de mis ojos mientras caminaba casi como si físicamente estuvieran allí. Pude visualizar a mis amigos de un pequeño parque de cemento donde solía jugar al fútbol, o aquella esquina en la que con un grupo posterior solíamos colocarnos varios colegas a hablar sobre trivialidades como deportes o videojuegos. O el banco contiguo a unos preciosos árboles, acogedor e íntimo donde besé por primera vez a una chica de la que estuve locamente enamorado. Todo pasado y nada restaba ya de aquellos momentos en los que pude sospechar un atisbo de lo que entonces no sabía valorar, la felicidad, nada restaba más allá de los recuerdos que me ahogaban. Desde luego este paseo no me estaba haciendo ningún bien, y ya no tiritaba solo por el enorme frío, sino por los recuerdos que enviaban escalofríos a cada nervio de mi cuerpo. Era una fuerza superior a mí. A menudo me preguntaba el por qué de esta debilidad, ¿por qué tenía esta sensibilidad que hacía que todo me afectara de una manera tan escandalosamente dolorosa?
Miraba con envidia a la gente que pasaba, a las parejas aparentemente felices bajo el regazo de un paraguas y el regazo de un abrazo mutuo, mi visión del amor desde luego era idealizada, y alcanzaba mucho más allá de lo que esas parejas comunes podrían alcanzar a sentir del uno del otro, quizás fuera demasiado idealizada, quizás no fuera real quizás simplemente lo viera así por el gran peso que ejerce la ausencia en toda sensación por lo que quizás mi visión de todo estuviera alterada por mi dolor, y mi dolor convirtiera aspectos de la vida en algo mucho más grande. El caso es que yo, ahí, en plena calle lluviosa, en soledad y cada vez más lejos de mi casa me sentía débil como una hormiguita ante una multitud, me sentía increíblemente pequeño hacia la inmensidad de lo que el mundo pudiera llegar a ofrecerme y por ello para mí el mundo me sobrepasaba y sus sensaciones me nublaban de belleza y dolor y me producían una sensación desasosegada de agobio que nada podía calmar.
Ya hacia la mitad del camino, me vino el vértigo y la duda, seguir mi camino hacia la biblioteca, lo cuál sería otro kilómetro andando o volver a mi casa. Ambas opciones me parecían increíblemente lejanas ya en ese momento, pocas veces me había atrevido a alejarme tanto de mi hogar. Mi voluntad quería seguir, me decía a mí mismo “ya hemos llegado hasta aquí, sigamos hacia delante” Pero mi nostalgia me tiraba hacia atrás. Me forcé a mí mismo a seguir hasta que al fin llegué a la biblioteca, puse el paraguas en el primer paragüero que vi y me puse a… a… no sé, realmente no sabía que quería hacer pero en cierto modo simplemente buscaba una ruptura con la rutina, alguna novedad. Y mi pequeña personita le echo el ojo a una chica, ¿cómo no?. Más allá del dolor y más allá de la trascendencia con la que intentara dotar a mis sensaciones, seguía siendo un animal, un animal con instintos sexuales que olfateaba por presas a las que echarle el guante, y allí estaba esta chica preciosa ojeando la sección de poesía. Más allá de los instintos sexuales que me pudieran atraer de ella, emanaba algo interesante, y el propio hecho de que ojeara la sección de poesía le daba puntos. Tenía una mirada penetrante y una languidez de movimientos que inspiraban tranquilidad y paz espiritual, vestía austeramente pero con cierta elegancia, pero largo y suelto, delgada y piel clara, mi tipo, vamos.
Me procuré acercar a ella como el niño tímido que se acerca a la chica que le gusta que era, por fuera mi apariencia debía ser ridícula desde luego, si hay algo que espanta a las chicas es un chico que inspire baja autoestima, pero yo la inspiraba, porque la sufría en muchos aspectos, y mi físico no ayudaba desde luego y mucho menos mi vestimenta. Me puse a ojear libros, mirándola de reojo, esperando alguna reacción suya a que yo me interesara por libros similares por los que ella se interesaba, pero no me atrevía a hablar con ella. Por momentos hice el amago, pero no me atreví. ¡Dios mío! ¿Tan difícil era abrir la jodida boca y comentarle cualquier cosa? Era la impotencia misma, un enorme muro que separaba nuestras almas a pesar de que nuestro cuerpo físicamente estuviera tan cerca. Ella apenas me hacía caso, estaba a lo suyo, y yo no hacía mucho para evitar esa indiferencia.
Terminó de ojear los libros, al darse la vuelta hacia la salida me vio, me sonrió y me saludo, yo tartamudee como un estúpido y no fui capaz de devolverle el saludo, por lo que me autoflagelé psicológicamente en cuanto la vi marchar por la puerta mientras yo la miraba con cara de estúpido partir.
Me marché un rato después, ojeando libros pero sin prestar atención tan siquiera a lo que estaba viendo, simplemente no quería encontrármela por el camino (a pesar de que en realidad estaba deseando). Volví a mi casa, dos kilómetros de duro viaje donde se repitió aquellas visiones, donde toda la nostalgia volvió a plantarse frente a mí y a maltratarme, y ahora se le unía el peso de la impotencia, el peso de sentirse encerrado tras un muro frente al mundo, de ser uno mismo con uno mismo y nadie más. Nunca me había odiado tanto a mí mismo como ese día.
Volví a mi casa, me tumbé en el sillón, y allí me quedé el resto del día. Un día más, un ladrillo más en el muro
Remoloneo en la cama, sigo estando cansado, pero no puedo dormir, es otro tipo de cansancio, un cansancio interiorizado que camina conmigo a lo largo del día. No tengo obligaciones, hace tiempo que dejé de estudiar o de buscarme un trabajo. Como suele hacerse en sociedad, me suelen achacar todo esto a la pereza, a la holgazanería y demás adjetivos despectivos con los que la sociedad suele tildar a aquellos que se alejan de la tónica común de un ideal burgués. Yo lo achaco simplemente a mi propia debilidad y honda depresión por la que constantemente vivo. Por suerte o por desgracia, mi madre con la que vivo únicamente, no se preocupa por estos aspectos, por una parte no se preocupa de que estudie o no, pero en consecuencia de esto, tampoco se preocupa por nada relacionado con mi persona, simplemente coexistimos y yo me alimento con el dinero que ella me otorga (proveniente de la pensión de mi padre, pero poco importa eso) y con ello sobrevivo, que es al fin y al cabo lo que hago constantemente, sobrevivir al árido y hastiado camino en el que se limita mi vida actual, con sueños difusos y ciertos momentos puntuales de pureza espiritual que me llenan de gracia y amor, me llenan por completo de belleza y me otorgan esperanza, pero son difusos, tenues y muy localizados en el tedioso circuito por el que se suele regir mi vida.
Tras un buen rato echado en la cama, sin saber muy bien si levantarme o seguir acostado con la esperanza de que vuelva a concebir el sueño, con momentos de confusión en los que no estoy seguro cuando sueño que sueño o cuando estoy realmente despierto, me levanto finalmente. Con esa clásica desesperanza ya propia en mí de no saber donde poner mi próximo pie en el día. ¿Qué hacer? Horas y horas de un nuevo día hoy bien ilustrado por las nubes y la lluvia, y yo, yo simplemente no sé que hacer, así que simplemente empiezo por desayunar.. Voy a la cocina y me preparo unas tostadas, me siento en la pequeña mesita de la cocina y enfrente está sentada mi madre, desaliñada, lívida, silenciosa, casi ausente, parece no percatarse de mi presencia, parece recorrer los paisajes de algún sueño, una idea, un recuerdo, Una imagen ya clásica de las mañanas, ella intenta ocultarse tras una patética máscara de cortesía preguntando cosas al rato, cuando parece percatarse de que efectivamente estoy allí, junto a ella "¿qué te apetece comer hoy, hijo?" dice con un tono ridículamente fraternal y artificiosamente dulce. Silenciosa sufridora es mi madre, y me compadezco, pero no puedo ayudarla, al igual que ella no me puede ayudar a mí. Somos dos almas completamente distintas en universos demasiado alejados, ambas complejas a su manera pero imposibles de unir. Por ello nuestras conversaciones se limitan a absurdas trivialidades o banales comentarios meteorológicos o culinarios. Tras ello, mi madre vuelve al cuarto de baño donde materializa esa máscara de cortesía en forma de maquillaje y complementos bajo los cuales puede ocultar su rostro demacrado por el sufrimiento para luego salir a la calle y realizar su rutina de ama de casa lo cual más que sentirlo como una obligación, lo siente como un refugio por el cual matar las horas y ocupar su cuerpo y su mente en tareas triviales.
Tras oír el golpe de la puerta posterior al trémulo y casi agónico "Hasta luego hijo" de mi madre, el piso se sume en el silencio y bien es sabido por todos aquellos que experimentamos la soledad, que el silencio es el mayor de los ruidos y es aquí donde el ruido quería hacer su mayor presencia. Yo intentaba ocultarlo con música, pero hacía tiempo que la música no me llenaba, pasaba por mis oídos indolentes como si se tratara de un simple sonido sin dirección ni lugar predestinados sin causarme la más mínima sensación que alterara alguno de mis apáticos sentidos. Lo había intentado también refugiándome en la poesía o en los libros, y en ocasiones lo conseguía, las letras conseguían por un momento callar ese incesante ruido que me quebrantaba y lograba sumirme en una leve espiral de belleza lírica, ocasiones puntuales que precisamente por su existencia tan bella y mágica, hacían más frustrantes aquellos momentos en los que me situaba frente al libro pero mi alocada mente divagando por tantos lugares a la vez que ya no sabía exactamente donde localizarla, no era capaz de focalizarse en las palabras ni seguir el ritmo de una historia o de unos versos, y es ahí cuando la frustración hacía que lanzara los libros y me quedara simplemente tirado en el sofá, cama, sillón o donde fuera que estuviera tirado, respirando entrecortadamente, sintiendo una enorme impotencia y frustración y sintiéndome mucho más solo, y no simplemente solo, sino viviendo constantemente frente al peor enemigo que un hombre puede tener, él mismo, ya que nunca podría librarse de él excepto en la muerte, idea que constantemente pasaba por mi cabeza para dar final de una vez por todas a todo este patético devenir de emociones. La soledad pesa mucho más cuando no eres capaz de refugiarte en nada, ni en los libros, ni en la música, ni en el cine, ni mucho menos en ti mismo.
Así que ahí estaba yo un día de tantos sumido en el peor de los silencios y con horas y horas por delante de un nuevo día, cada día era un constante pensar en qué hacer, pero mi apatía no se mostraba muy interesada en ayudarme con esta labor. Algo tenía que hacer, desde luego, no podía condenarme a simplemente tirarme en el sillón y poner cualquier programa de telebasura de esos que mas que abundar, pueblan unánimamente la televisión, mientras miro el reloj y celebro cada minuto que pase en él, o hacerlo más apacible simplemente buscando una de tantas pastillas antidepresivas que tenía mi madre en uno de sus cajones para así aletargarme y quien sabe si con un poco de suerte podría llegar a dormirme, o al menos simplemente quedarme tirado en el sillón, mirando el vacío con una sonrisa de palurdo como una estúpida adolescente que observa el rostro de un chico prefabricado de cartón por la repugnante pompa hollywodiense. Bueno, desde luego era una posibilidad, pero eso no haría más que alimentar la apatía rodeándola constantemente de melancolía y en definitiva, ahondar más y más en esa espiral de depresión. Debía sacar fuerzas de donde fuera y hacer algo nuevo, así que en uno de los pocos actos impulsivos que había realizado en mucho tiempo, me vestí rápidamente, cogí el paraguas y salí a la calle a... no sé, simplemente salir, a cambiar un poco de aires.
Lo primero que pude notar al salir a la calle era el enorme frío que hacía, estaba bien abrigado con una camiseta interior, un chaleco de cuello vuelto, una sudadera y un anorak por encima aparte de guantes, una bufanda e incluso un gorrito con orejeras bastante hortera (en general mi apariencia era bastante hortera y ridícula, pero poco me importaba eso en estos momentos) pero aún así el frío me calaba en los huesos y me hacía tiritar, no era una sensación agradable desde luego, pero al menos era una sensación. Me limité a seguir andando con las manos en los bolsillos, tiritando y resoplando, andando hacia... no sabía muy bien adonde dirigirme. Mi barrio estaba un poco aislado de la zona céntrica de la ciudad donde había más vida, pero que sin embargo me ocasionaba una mayor ansiedad y agobio el sentirme tan alejado de casa y rodeado de desconocidos, así que simplemente fui a buscar alguno de los pocos sitios interesantes que se pudieran localizar por mi barrio, el primero que se me ocurrió era la biblioteca situada a un par de kilómetros de mi casa.
Emprendí la marcha un tanto desesperanzado por esa sensación interiorizada de no creer que fuera a encontrar nada meramente satisfactorio más allá de lo que pudiera tener en mi casa, tirado en la cama y aletargado como bajo los efectos de algún sedante, pero igualmente emprendí el camino.
Un teatro onírico e imaginario empezaba a recorrer como fantasmas procedentes del pasado ese camino a la biblioteca que yo había recorrido tantas veces y ya no solo eso, sino los lugares que existían en el camino donde había vivido yo tantos momentos en el pasado. Y mi cabeza los situaba allí, delante de mis ojos mientras caminaba casi como si físicamente estuvieran allí. Pude visualizar a mis amigos de un pequeño parque de cemento donde solía jugar al fútbol, o aquella esquina en la que con un grupo posterior solíamos colocarnos varios colegas a hablar sobre trivialidades como deportes o videojuegos. O el banco contiguo a unos preciosos árboles, acogedor e íntimo donde besé por primera vez a una chica de la que estuve locamente enamorado. Todo pasado y nada restaba ya de aquellos momentos en los que pude sospechar un atisbo de lo que entonces no sabía valorar, la felicidad, nada restaba más allá de los recuerdos que me ahogaban. Desde luego este paseo no me estaba haciendo ningún bien, y ya no tiritaba solo por el enorme frío, sino por los recuerdos que enviaban escalofríos a cada nervio de mi cuerpo. Era una fuerza superior a mí. A menudo me preguntaba el por qué de esta debilidad, ¿por qué tenía esta sensibilidad que hacía que todo me afectara de una manera tan escandalosamente dolorosa?
Miraba con envidia a la gente que pasaba, a las parejas aparentemente felices bajo el regazo de un paraguas y el regazo de un abrazo mutuo, mi visión del amor desde luego era idealizada, y alcanzaba mucho más allá de lo que esas parejas comunes podrían alcanzar a sentir del uno del otro, quizás fuera demasiado idealizada, quizás no fuera real quizás simplemente lo viera así por el gran peso que ejerce la ausencia en toda sensación por lo que quizás mi visión de todo estuviera alterada por mi dolor, y mi dolor convirtiera aspectos de la vida en algo mucho más grande. El caso es que yo, ahí, en plena calle lluviosa, en soledad y cada vez más lejos de mi casa me sentía débil como una hormiguita ante una multitud, me sentía increíblemente pequeño hacia la inmensidad de lo que el mundo pudiera llegar a ofrecerme y por ello para mí el mundo me sobrepasaba y sus sensaciones me nublaban de belleza y dolor y me producían una sensación desasosegada de agobio que nada podía calmar.
Ya hacia la mitad del camino, me vino el vértigo y la duda, seguir mi camino hacia la biblioteca, lo cuál sería otro kilómetro andando o volver a mi casa. Ambas opciones me parecían increíblemente lejanas ya en ese momento, pocas veces me había atrevido a alejarme tanto de mi hogar. Mi voluntad quería seguir, me decía a mí mismo “ya hemos llegado hasta aquí, sigamos hacia delante” Pero mi nostalgia me tiraba hacia atrás. Me forcé a mí mismo a seguir hasta que al fin llegué a la biblioteca, puse el paraguas en el primer paragüero que vi y me puse a… a… no sé, realmente no sabía que quería hacer pero en cierto modo simplemente buscaba una ruptura con la rutina, alguna novedad. Y mi pequeña personita le echo el ojo a una chica, ¿cómo no?. Más allá del dolor y más allá de la trascendencia con la que intentara dotar a mis sensaciones, seguía siendo un animal, un animal con instintos sexuales que olfateaba por presas a las que echarle el guante, y allí estaba esta chica preciosa ojeando la sección de poesía. Más allá de los instintos sexuales que me pudieran atraer de ella, emanaba algo interesante, y el propio hecho de que ojeara la sección de poesía le daba puntos. Tenía una mirada penetrante y una languidez de movimientos que inspiraban tranquilidad y paz espiritual, vestía austeramente pero con cierta elegancia, pero largo y suelto, delgada y piel clara, mi tipo, vamos.
Me procuré acercar a ella como el niño tímido que se acerca a la chica que le gusta que era, por fuera mi apariencia debía ser ridícula desde luego, si hay algo que espanta a las chicas es un chico que inspire baja autoestima, pero yo la inspiraba, porque la sufría en muchos aspectos, y mi físico no ayudaba desde luego y mucho menos mi vestimenta. Me puse a ojear libros, mirándola de reojo, esperando alguna reacción suya a que yo me interesara por libros similares por los que ella se interesaba, pero no me atrevía a hablar con ella. Por momentos hice el amago, pero no me atreví. ¡Dios mío! ¿Tan difícil era abrir la jodida boca y comentarle cualquier cosa? Era la impotencia misma, un enorme muro que separaba nuestras almas a pesar de que nuestro cuerpo físicamente estuviera tan cerca. Ella apenas me hacía caso, estaba a lo suyo, y yo no hacía mucho para evitar esa indiferencia.
Terminó de ojear los libros, al darse la vuelta hacia la salida me vio, me sonrió y me saludo, yo tartamudee como un estúpido y no fui capaz de devolverle el saludo, por lo que me autoflagelé psicológicamente en cuanto la vi marchar por la puerta mientras yo la miraba con cara de estúpido partir.
Me marché un rato después, ojeando libros pero sin prestar atención tan siquiera a lo que estaba viendo, simplemente no quería encontrármela por el camino (a pesar de que en realidad estaba deseando). Volví a mi casa, dos kilómetros de duro viaje donde se repitió aquellas visiones, donde toda la nostalgia volvió a plantarse frente a mí y a maltratarme, y ahora se le unía el peso de la impotencia, el peso de sentirse encerrado tras un muro frente al mundo, de ser uno mismo con uno mismo y nadie más. Nunca me había odiado tanto a mí mismo como ese día.
Volví a mi casa, me tumbé en el sillón, y allí me quedé el resto del día. Un día más, un ladrillo más en el muro
lunes, 7 de enero de 2013
Recordando uno de mis primeros poemas
Pues en ciertos momentos uno vuelve la vista atrás y le da por leer lo que hace un tiempo escribió. En este caso he leído un poema que escribiría hace como unos 9 meses, lo que en realidad no es demasiado tiempo pero teniendo en cuenta todo lo que he vivido desde entonces hasta la actualidad podría definir varios puntos y aparte en el trayecto desde aquel entonces hasta la actualidad.
Es un poema que en su momento significó mucho para mí y que ahora lo leo y sigue teniendo un gran significado. No me considero un gran escritor, de hecho últimamente apenas escribo, pero a este poema le tengo un gran cariño y es por ello que lo publico aquí. En su momento le di dos nombres uno era "El enamorado del nombre escondido" y el otro "Amor mudo". Ambos tenían su razón de ser, pero actualmente me decanto más por el segundo título.
---------------------------------------------------------------------------------------------
En uno de estos eternos viajes
por estas oscuras y andrajosas calles
He encontrado tu morada,
tan escondida, tan aislada
Con tu máscara tan atada
ocultando el rostro entristecido,
observas tras tu ventana
el mundo frío y dormido
mientras gime y grita tu alma
Pero puedo ver a través de tu rostro,
tu centelleante sonrisa no me engaña.
Puedo ver las lágrimas de tus ojos,
la oscura profundidad de tu mirada,
la belleza que de ti emana.
Tras todas estas falsas apariencias
escondemos nuestras emociones,
nos alejamos de la audiencia,
reprimimos nuestras pasiones,
nos compadecemos de las dolencias
Incansable buscas tu esencia
y no te percatas del vagabundo
que tras tu puerta hace presencia.
Encerrada tras ese incansable muro
mientras yo espero con impaciencia
Aunque caminamos en el mismo lugar
perdidos en busca de respuestas,
no puedes verme tras tu muro de cristal
mientras cargas con la piedra a cuestas
En la calle espero a que estés dispuesta
mientras que el punzante frío de la melancolía
sube a través de mi espalda con agonía,
ansiando de ti alguna respuesta.
Los escritos del muro de soledad;
Las canciones torpemente cantadas;
La poesía que ansía libertad;
Mi miedo e inseguridad;
mis intenciones siempre frustradas;
Mi amor sin final.
¿Debería dejarlo todo tras tu ventana?
¿O debería esperar?
Es un poema que en su momento significó mucho para mí y que ahora lo leo y sigue teniendo un gran significado. No me considero un gran escritor, de hecho últimamente apenas escribo, pero a este poema le tengo un gran cariño y es por ello que lo publico aquí. En su momento le di dos nombres uno era "El enamorado del nombre escondido" y el otro "Amor mudo". Ambos tenían su razón de ser, pero actualmente me decanto más por el segundo título.
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En uno de estos eternos viajes
por estas oscuras y andrajosas calles
He encontrado tu morada,
tan escondida, tan aislada
Con tu máscara tan atada
ocultando el rostro entristecido,
observas tras tu ventana
el mundo frío y dormido
mientras gime y grita tu alma
Pero puedo ver a través de tu rostro,
tu centelleante sonrisa no me engaña.
Puedo ver las lágrimas de tus ojos,
la oscura profundidad de tu mirada,
la belleza que de ti emana.
Tras todas estas falsas apariencias
escondemos nuestras emociones,
nos alejamos de la audiencia,
reprimimos nuestras pasiones,
nos compadecemos de las dolencias
Incansable buscas tu esencia
y no te percatas del vagabundo
que tras tu puerta hace presencia.
Encerrada tras ese incansable muro
mientras yo espero con impaciencia
Aunque caminamos en el mismo lugar
perdidos en busca de respuestas,
no puedes verme tras tu muro de cristal
mientras cargas con la piedra a cuestas
En la calle espero a que estés dispuesta
mientras que el punzante frío de la melancolía
sube a través de mi espalda con agonía,
ansiando de ti alguna respuesta.
Los escritos del muro de soledad;
Las canciones torpemente cantadas;
La poesía que ansía libertad;
Mi miedo e inseguridad;
mis intenciones siempre frustradas;
Mi amor sin final.
¿Debería dejarlo todo tras tu ventana?
¿O debería esperar?
domingo, 11 de noviembre de 2012
La campana cascada - Charles Baudelaire
"En las noches de invierno es amargo y es dulce
Escuchar, junto al fuego que palpita y humea,
Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos
Al son de carillones que suenan en la bruma.
¡Feliz campana aquella de enérgica garganta
Que, pese a su vejez, conservada y alerta,
Con fidelidad lanza su grito religioso
Como un viejo soldado que vigila en su tienda!
Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos,
Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna,
Con frecuencia sucede que su cansada voz
Semeja al estertor de un herido olvidado
Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos,
Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos."
Escuchar, junto al fuego que palpita y humea,
Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos
Al son de carillones que suenan en la bruma.
¡Feliz campana aquella de enérgica garganta
Que, pese a su vejez, conservada y alerta,
Con fidelidad lanza su grito religioso
Como un viejo soldado que vigila en su tienda!
Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos,
Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna,
Con frecuencia sucede que su cansada voz
Semeja al estertor de un herido olvidado
Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos,
Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos."
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