Despierto, en la vaporosa línea entre la somnolencia y la realidad, un momento de calma, apenas un instante, un suspiro, un leve momento de cándida inconsciencia, un segundo inmaculado y puro donde no existe el sufrimiento ni el dolor, solo la perspectiva inocente de un niño que despierta, un segundo que recoge lo mejor del trayecto de mi día. Tras él, el mundo cae sobre sí mismo, la gravedad se multiplica y como si tuviera un torniquete apretado con saña, mi corazón palpita con fuerza y dolor, y cada latido es como una punzada con una daga ardiente y otra y otra al ritmo en el que los recuerdos acceden a mi mente, y la nostalgia y la ausencia y el peso de todo hinche mi corazón de una sensación desamparada y loca. Me hundo en la almohada como si eso me fuera a servir para volver a escapar del mundo, intentando recuperar aquel efímero instante, intentar volver al mundo de los sueños donde me siento seguro y a salvo contemplando oníricas e idílicas visiones. Pero no es posible no, ya no puedo dormir más, mi día ha comenzado.
Remoloneo en la cama, sigo estando cansado, pero no puedo dormir, es otro tipo de cansancio, un cansancio interiorizado que camina conmigo a lo largo del día. No tengo obligaciones, hace tiempo que dejé de estudiar o de buscarme un trabajo. Como suele hacerse en sociedad, me suelen achacar todo esto a la pereza, a la holgazanería y demás adjetivos despectivos con los que la sociedad suele tildar a aquellos que se alejan de la tónica común de un ideal burgués. Yo lo achaco simplemente a mi propia debilidad y honda depresión por la que constantemente vivo. Por suerte o por desgracia, mi madre con la que vivo únicamente, no se preocupa por estos aspectos, por una parte no se preocupa de que estudie o no, pero en consecuencia de esto, tampoco se preocupa por nada relacionado con mi persona, simplemente coexistimos y yo me alimento con el dinero que ella me otorga (proveniente de la pensión de mi padre, pero poco importa eso) y con ello sobrevivo, que es al fin y al cabo lo que hago constantemente, sobrevivir al árido y hastiado camino en el que se limita mi vida actual, con sueños difusos y ciertos momentos puntuales de pureza espiritual que me llenan de gracia y amor, me llenan por completo de belleza y me otorgan esperanza, pero son difusos, tenues y muy localizados en el tedioso circuito por el que se suele regir mi vida.
Tras un buen rato echado en la cama, sin saber muy bien si levantarme o seguir acostado con la esperanza de que vuelva a concebir el sueño, con momentos de confusión en los que no estoy seguro cuando sueño que sueño o cuando estoy realmente despierto, me levanto finalmente. Con esa clásica desesperanza ya propia en mí de no saber donde poner mi próximo pie en el día. ¿Qué hacer? Horas y horas de un nuevo día hoy bien ilustrado por las nubes y la lluvia, y yo, yo simplemente no sé que hacer, así que simplemente empiezo por desayunar.. Voy a la cocina y me preparo unas tostadas, me siento en la pequeña mesita de la cocina y enfrente está sentada mi madre, desaliñada, lívida, silenciosa, casi ausente, parece no percatarse de mi presencia, parece recorrer los paisajes de algún sueño, una idea, un recuerdo, Una imagen ya clásica de las mañanas, ella intenta ocultarse tras una patética máscara de cortesía preguntando cosas al rato, cuando parece percatarse de que efectivamente estoy allí, junto a ella "¿qué te apetece comer hoy, hijo?" dice con un tono ridículamente fraternal y artificiosamente dulce. Silenciosa sufridora es mi madre, y me compadezco, pero no puedo ayudarla, al igual que ella no me puede ayudar a mí. Somos dos almas completamente distintas en universos demasiado alejados, ambas complejas a su manera pero imposibles de unir. Por ello nuestras conversaciones se limitan a absurdas trivialidades o banales comentarios meteorológicos o culinarios. Tras ello, mi madre vuelve al cuarto de baño donde materializa esa máscara de cortesía en forma de maquillaje y complementos bajo los cuales puede ocultar su rostro demacrado por el sufrimiento para luego salir a la calle y realizar su rutina de ama de casa lo cual más que sentirlo como una obligación, lo siente como un refugio por el cual matar las horas y ocupar su cuerpo y su mente en tareas triviales.
Tras oír el golpe de la puerta posterior al trémulo y casi agónico "Hasta luego hijo" de mi madre, el piso se sume en el silencio y bien es sabido por todos aquellos que experimentamos la soledad, que el silencio es el mayor de los ruidos y es aquí donde el ruido quería hacer su mayor presencia. Yo intentaba ocultarlo con música, pero hacía tiempo que la música no me llenaba, pasaba por mis oídos indolentes como si se tratara de un simple sonido sin dirección ni lugar predestinados sin causarme la más mínima sensación que alterara alguno de mis apáticos sentidos. Lo había intentado también refugiándome en la poesía o en los libros, y en ocasiones lo conseguía, las letras conseguían por un momento callar ese incesante ruido que me quebrantaba y lograba sumirme en una leve espiral de belleza lírica, ocasiones puntuales que precisamente por su existencia tan bella y mágica, hacían más frustrantes aquellos momentos en los que me situaba frente al libro pero mi alocada mente divagando por tantos lugares a la vez que ya no sabía exactamente donde localizarla, no era capaz de focalizarse en las palabras ni seguir el ritmo de una historia o de unos versos, y es ahí cuando la frustración hacía que lanzara los libros y me quedara simplemente tirado en el sofá, cama, sillón o donde fuera que estuviera tirado, respirando entrecortadamente, sintiendo una enorme impotencia y frustración y sintiéndome mucho más solo, y no simplemente solo, sino viviendo constantemente frente al peor enemigo que un hombre puede tener, él mismo, ya que nunca podría librarse de él excepto en la muerte, idea que constantemente pasaba por mi cabeza para dar final de una vez por todas a todo este patético devenir de emociones. La soledad pesa mucho más cuando no eres capaz de refugiarte en nada, ni en los libros, ni en la música, ni en el cine, ni mucho menos en ti mismo.
Así que ahí estaba yo un día de tantos sumido en el peor de los silencios y con horas y horas por delante de un nuevo día, cada día era un constante pensar en qué hacer, pero mi apatía no se mostraba muy interesada en ayudarme con esta labor. Algo tenía que hacer, desde luego, no podía condenarme a simplemente tirarme en el sillón y poner cualquier programa de telebasura de esos que mas que abundar, pueblan unánimamente la televisión, mientras miro el reloj y celebro cada minuto que pase en él, o hacerlo más apacible simplemente buscando una de tantas pastillas antidepresivas que tenía mi madre en uno de sus cajones para así aletargarme y quien sabe si con un poco de suerte podría llegar a dormirme, o al menos simplemente quedarme tirado en el sillón, mirando el vacío con una sonrisa de palurdo como una estúpida adolescente que observa el rostro de un chico prefabricado de cartón por la repugnante pompa hollywodiense. Bueno, desde luego era una posibilidad, pero eso no haría más que alimentar la apatía rodeándola constantemente de melancolía y en definitiva, ahondar más y más en esa espiral de depresión. Debía sacar fuerzas de donde fuera y hacer algo nuevo, así que en uno de los pocos actos impulsivos que había realizado en mucho tiempo, me vestí rápidamente, cogí el paraguas y salí a la calle a... no sé, simplemente salir, a cambiar un poco de aires.
Lo primero que pude notar al salir a la calle era el enorme frío que hacía, estaba bien abrigado con una camiseta interior, un chaleco de cuello vuelto, una sudadera y un anorak por encima aparte de guantes, una bufanda e incluso un gorrito con orejeras bastante hortera (en general mi apariencia era bastante hortera y ridícula, pero poco me importaba eso en estos momentos) pero aún así el frío me calaba en los huesos y me hacía tiritar, no era una sensación agradable desde luego, pero al menos era una sensación. Me limité a seguir andando con las manos en los bolsillos, tiritando y resoplando, andando hacia... no sabía muy bien adonde dirigirme. Mi barrio estaba un poco aislado de la zona céntrica de la ciudad donde había más vida, pero que sin embargo me ocasionaba una mayor ansiedad y agobio el sentirme tan alejado de casa y rodeado de desconocidos, así que simplemente fui a buscar alguno de los pocos sitios interesantes que se pudieran localizar por mi barrio, el primero que se me ocurrió era la biblioteca situada a un par de kilómetros de mi casa.
Emprendí la marcha un tanto desesperanzado por esa sensación interiorizada de no creer que fuera a encontrar nada meramente satisfactorio más allá de lo que pudiera tener en mi casa, tirado en la cama y aletargado como bajo los efectos de algún sedante, pero igualmente emprendí el camino.
Un teatro onírico e imaginario empezaba a recorrer como fantasmas procedentes del pasado ese camino a la biblioteca que yo había recorrido tantas veces y ya no solo eso, sino los lugares que existían en el camino donde había vivido yo tantos momentos en el pasado. Y mi cabeza los situaba allí, delante de mis ojos mientras caminaba casi como si físicamente estuvieran allí. Pude visualizar a mis amigos de un pequeño parque de cemento donde solía jugar al fútbol, o aquella esquina en la que con un grupo posterior solíamos colocarnos varios colegas a hablar sobre trivialidades como deportes o videojuegos. O el banco contiguo a unos preciosos árboles, acogedor e íntimo donde besé por primera vez a una chica de la que estuve locamente enamorado. Todo pasado y nada restaba ya de aquellos momentos en los que pude sospechar un atisbo de lo que entonces no sabía valorar, la felicidad, nada restaba más allá de los recuerdos que me ahogaban. Desde luego este paseo no me estaba haciendo ningún bien, y ya no tiritaba solo por el enorme frío, sino por los recuerdos que enviaban escalofríos a cada nervio de mi cuerpo. Era una fuerza superior a mí. A menudo me preguntaba el por qué de esta debilidad, ¿por qué tenía esta sensibilidad que hacía que todo me afectara de una manera tan escandalosamente dolorosa?
Miraba con envidia a la gente que pasaba, a las parejas aparentemente felices bajo el regazo de un paraguas y el regazo de un abrazo mutuo, mi visión del amor desde luego era idealizada, y alcanzaba mucho más allá de lo que esas parejas comunes podrían alcanzar a sentir del uno del otro, quizás fuera demasiado idealizada, quizás no fuera real quizás simplemente lo viera así por el gran peso que ejerce la ausencia en toda sensación por lo que quizás mi visión de todo estuviera alterada por mi dolor, y mi dolor convirtiera aspectos de la vida en algo mucho más grande. El caso es que yo, ahí, en plena calle lluviosa, en soledad y cada vez más lejos de mi casa me sentía débil como una hormiguita ante una multitud, me sentía increíblemente pequeño hacia la inmensidad de lo que el mundo pudiera llegar a ofrecerme y por ello para mí el mundo me sobrepasaba y sus sensaciones me nublaban de belleza y dolor y me producían una sensación desasosegada de agobio que nada podía calmar.
Ya hacia la mitad del camino, me vino el vértigo y la duda, seguir mi camino hacia la biblioteca, lo cuál sería otro kilómetro andando o volver a mi casa. Ambas opciones me parecían increíblemente lejanas ya en ese momento, pocas veces me había atrevido a alejarme tanto de mi hogar. Mi voluntad quería seguir, me decía a mí mismo “ya hemos llegado hasta aquí, sigamos hacia delante” Pero mi nostalgia me tiraba hacia atrás. Me forcé a mí mismo a seguir hasta que al fin llegué a la biblioteca, puse el paraguas en el primer paragüero que vi y me puse a… a… no sé, realmente no sabía que quería hacer pero en cierto modo simplemente buscaba una ruptura con la rutina, alguna novedad. Y mi pequeña personita le echo el ojo a una chica, ¿cómo no?. Más allá del dolor y más allá de la trascendencia con la que intentara dotar a mis sensaciones, seguía siendo un animal, un animal con instintos sexuales que olfateaba por presas a las que echarle el guante, y allí estaba esta chica preciosa ojeando la sección de poesía. Más allá de los instintos sexuales que me pudieran atraer de ella, emanaba algo interesante, y el propio hecho de que ojeara la sección de poesía le daba puntos. Tenía una mirada penetrante y una languidez de movimientos que inspiraban tranquilidad y paz espiritual, vestía austeramente pero con cierta elegancia, pero largo y suelto, delgada y piel clara, mi tipo, vamos.
Me procuré acercar a ella como el niño tímido que se acerca a la chica que le gusta que era, por fuera mi apariencia debía ser ridícula desde luego, si hay algo que espanta a las chicas es un chico que inspire baja autoestima, pero yo la inspiraba, porque la sufría en muchos aspectos, y mi físico no ayudaba desde luego y mucho menos mi vestimenta. Me puse a ojear libros, mirándola de reojo, esperando alguna reacción suya a que yo me interesara por libros similares por los que ella se interesaba, pero no me atrevía a hablar con ella. Por momentos hice el amago, pero no me atreví. ¡Dios mío! ¿Tan difícil era abrir la jodida boca y comentarle cualquier cosa? Era la impotencia misma, un enorme muro que separaba nuestras almas a pesar de que nuestro cuerpo físicamente estuviera tan cerca. Ella apenas me hacía caso, estaba a lo suyo, y yo no hacía mucho para evitar esa indiferencia.
Terminó de ojear los libros, al darse la vuelta hacia la salida me vio, me sonrió y me saludo, yo tartamudee como un estúpido y no fui capaz de devolverle el saludo, por lo que me autoflagelé psicológicamente en cuanto la vi marchar por la puerta mientras yo la miraba con cara de estúpido partir.
Me marché un rato después, ojeando libros pero sin prestar atención tan siquiera a lo que estaba viendo, simplemente no quería encontrármela por el camino (a pesar de que en realidad estaba deseando). Volví a mi casa, dos kilómetros de duro viaje donde se repitió aquellas visiones, donde toda la nostalgia volvió a plantarse frente a mí y a maltratarme, y ahora se le unía el peso de la impotencia, el peso de sentirse encerrado tras un muro frente al mundo, de ser uno mismo con uno mismo y nadie más. Nunca me había odiado tanto a mí mismo como ese día.
Volví a mi casa, me tumbé en el sillón, y allí me quedé el resto del día. Un día más, un ladrillo más en el muro
No hay comentarios:
Publicar un comentario